Corresponde a nuestra generación cambiar las cosas

Conversamos con estudiantes del Instituto que puso nombre al despertar de la sociedad civil valenciana contra los recortes, el Lluís Vives.

Nos explican cómo vivieron las manifestaciones, la represión policial, el tratamiento de determinados medios, o estar detenidos.

Y piden que se retiren los cargos porque tener antecedentes es incompatible con viajar a ciertos países, opositar para juez o realizar una beca Erasmus. “Aún tenemos sueños que cumplir”.

Han pasado varios días desde el día que quedamos para hablar con calma sobre todo lo ocurrido y ahora les espero en la puerta del Lluís Vives a que salgan de clase. Hemos quedado a las cinco pero no veo señales de ninguno de ellos. Una chica que no conozco se me acerca, me pregunta si soy el periodista. Almudena Soullard, 17 años, estudiante de 2º Bachillerato artístico. Fue una de las detenidas el día de las duras cargas policiales cuando paseaba con su madre y sus dos abuelas por el centro mientras observaba atónita lo que ocurría en Plaza España.

Mariola Morera, estudiante de 2º de Bachillerato científico, aún no ha llegado por lo que Almudena me presenta a Andreu Melchor, quien también va a participar en el reportaje. Andreu me saluda pero no me presta mucha atención. Está conversando con una mujer que se le ha presentado y se le ha puesto a hablar de sus libros de autoayuda. Él, con buena educación, la atiende con paciencia y escucha lo que la mujer le quiere contar hasta que se da por satisfecha. Almudena me mira con cara circunstancia por lo extraño de la situación y en ese mismo instante llega Mariola. Tras varios minutos de cortesía, la escritora se da cuenta de la escena y libera a Andreu, no sin un poco de tristeza al haberse quedado sin compañero literario.

Nos dirigimos hacia una cafetería cercana que tiene una especie de reservado, decorado con fotografías de los actores más famosos del siglo XX. Por el camino nos encontramos con Alberto Rodríguez, estudiante de 2º de Bachillerato de Humanidades. Mariola le cuenta nuestra hoja de ruta para esa tarde y decide incorporarse.

Una vez dentro del local, subimos al reservado. No piden nada para tomar, quieren ir directamente al grano y Mariola lo dice claro en la primera frase: “Hemos salido a la calle porque no tenemos futuro con la política actual. Estamos viendo que solo hacen corrupción, solo hacen cosas para robar en lugar de gastarse el dinero en nosotros, dinero que encima es nuestro. Nosotros pagamos nuestros impuestos y ellos en vez de hacer una política de bienestar social se lo gastan en juergas. ¡Es un cachondeo!”. Almudena le interrumpe para explicar que la situación en las clases es insostenible: “Somos 38 en el aula y así no podemos seguir”.

Mariola vuelve a tomar la palabra y aprovecha para defenderse de las numerosas críticas que recibieron durante la semana de movilizaciones en las que se afirmaba que no habían recortes en educación y que sus protestas estaban manipuladas. “Dicen que no tenemos razón al manifestarnos porque los recortes solo han sido de sueldos de profesores por lo que no nos afecta. ¡Mentira! Las aulas de refuerzo han desaparecido así como las de ayuda a estudiantes extranjeros. Llevamos tres meses sin dos profesores y estamos en 2º de Bachillerato. Es inadmisible”. Alberto se suma a la crítica señalando que tienen el selectivo a la vuelta de la esquina por lo que la situación es inaceptable.

Las movilizaciones de la “#primaveravalenciana”, como se ha llamado a la semana de protestas, no han sido su primer contacto con la vida pública. Todos ellos ya habían participado en otras manifestaciones, protestas o incluso en asociaciones de carácter cultural o social, en los casos de Mariola y Almudena. Los chicos dicen optar por un activismo más a nivel individual y en el caso de Andreu: “autodidacta”. Andreu fue el primer estudiante detenido en las protestas, según el informe policial, por pegar y morder a un policía. Aunque cuesta imaginarse a este chico de 17 años, estudiante de 2º de Bachillerato de Humanidades, tímido y bastante reservado en una actitud tan violenta. Alberto, por su parte, aprovecha su turno de palabra para adentrarse en materia: “El día que salimos a cortar el tráfico, más que como una organización, salimos a título individual y además, éramos todos menores. Nosotros, los de 2º de bachiller, éramos los más mayores”, exclama. Almudena añade: “Los dos primeros días antes del miércoles que es cuando pasó todo, cortamos el tráfico durante 10 minutos de manera pacífica. Los policías lo sabían, sabían que no íbamos a provocar altercados ni agredir a los conductores. Sin embargo, cuando salimos el tercer día, miércoles, ellos ya iban dispuestos a cargar”.

Durante casi una hora los cuatro estudiantes intercambian impresiones de lo ocurrido, expresan su tristeza por algunas actitudes o episodios y sueñan con un futuro mejor para toda la sociedad. No obstante, hay tres temas que no les dejan indiferentes: el papel de la policía y de la Justicia, la cobertura mediática y la respuesta de la sociedad valenciana. Para todos ellos, la visión de las fuerzas de seguridad se ha transformado a una imagen de cuerpo represor en el que no se puede confiar tras ver como “la policía corría detrás de la gente por toda Valencia en medio de batallas campales, qué batallas, masacres! Para dar porrazos a todo aquel que se le ponía delante”, describe Alberto. “Nosotros hemos estado desde el primer día y hemos vivido y visto la brutalidad policial ejercida y no era normal. No eran personas, tenían una rabia interna comprimida y la descargaban contra ti. Hasta que no lo ves no lo puedes llegar a entender. Era una crueldad infinita”, denuncia Mariola.

A su vez, Almudena hace un pequeño paréntesis en el debate para contar su propia historia. “A mí me detuvieron el lunes sobre las tres cuando estaba con mi madre y mis dos abuelas. Yo estaba con un grupo de personas en la calle de San Vicente viendo lo que estaba ocurriendo en Plaza España, a cierta distancia porque iba con mi familia. De repente, vino un policía hacia nosotros y dijo ‘tú, detenida’ y se me llevaron sin ninguna razón, no me dio tiempo ni a reaccionar. Golpearon a mi madre causándole varias contusiones y a mi abuela la empujaron con el escudo con lo que casi se cae, y si se hubiera llegado a caer ya no se hubiera levantado porque no puede casi andar. Después me acusaron de ‘desobediencia grave’, pero qué desobediencia ni ostias si no me dio ni tiempo a decir nada”. Y continúa, “no tenían miramiento por nada ni por nadie ya fueran niños, adultos, mayores o embarazadas. Solo se preocupan de cumplir las órdenes”.

Pero los malos recuerdos no terminan en el momento de la detención para esta estudiante de 17 años, lo peor vino después: “El tiempo que estuve detenida fue horrible. Las vejaciones y burlas de los policías fueron continuas. El estado psicológico al que te someten no mostrándote ni una pizca de respeto, ni como persona, junto con las agresiones psicológicas del estilo ‘te voy a matar’, ’si te tiro del pelo es culpa tuya por tenerlo largo’ o ‘no tienes cuerpo ni de puta’ son una destrucción total. Además, cometieron ilegalidades porque yo era menor y hubiera tenido que avisar a mis padres en el mismo instante de detenerme. Sin embargo, no les llamaron hasta varias horas después y ya no hablamos de cuando me soltaron…”

La justicia es otra de las víctima de la #primaveravalenciana. Los cuatro estudiantes afirman sin pestañear que no confían en ella mostrando como ejemplos de impunidad e ineficacia el juicio de Francisco Camps, expresidente de la Generalitat Valenciana, el hecho de que los policías no llevaran el número de placa visible cuando es obligatorio o las denuncias que han recibido en sus casas. Almudena sentencia en tono irónico: “Esta justicia nos da mucha esperanza” y Alberto aventura: “Si acabo denunciado por las ostias que me han dado me parecería, vamos, estupendo. Un policía me pega con un porrazo impresionante y aún soy yo el delincuente, ¡increíble!”. Mariola, a su vez, pide que al menos se retiren los cargos porque tener antecedentes es incompatible con viajar a ciertos países, opositar para juez o realizar una beca Erasmus y añade: “Aún tenemos sueños por cumplir”.

Respecto a la cobertura mediática, Almudena y Alberto coinciden en señalar que ambos sabían de la manipulación que realizaban los medios de comunicación pero que no ha sido hasta vivirlo en primera persona cuando se han dado cuenta de la envergadura del problema. “Ya sabíamos lo que había pero es que haber sido testigo en primera persona y después ver cómo se han contado los hechos te obliga prácticamente a no creer en nada”. Sin embargo, al igual que los jóvenes de las primaveras árabes, los estudiantes del Lluís Vives sabían de antemano que su lucha estaba en otra dimensión: “Si esto llega a pasar en 2007, cuando las redes sociales no estaban tan desarrolladas, la carga del miércoles hubiera acabado en ‘cuatro estudiantes violentos cortan la calles Xàtiva’ pero como lo grabamos, conseguimos que la sociedad se enterara de lo que realmente había ocurrido. Sin tener que depender de los medios de comunicación”, explica Mariola.

Pero no todo ha sido negativo para Mariola, Alberto, Almudena y Andreu. Más bien todo lo contrario. “Todo esto ha servido para que mucha gente abra los ojos y eso nos da esperanza”, admite Mariola quien se queda como mejor recuerdo la increíble respuesta social que generaron las cargas policiales. Para Alberto lo realmente impactante ha sido que después del miércoles, cuando tuvieron lugar las primeras cargas, la gente acudiera por iniciativa propia a las concentraciones para dar su apoyo a sabiendas de que podían recibir porrazos también.

Y esto es lo que le empuja a “luchar por abrir los ojos a la gente, porque la gente no es tonta. Si se le muestra que hay otra manera de hacer las cosas que no sea mediante malas políticas, la gente no es tonta y no va a escoger pasarlo mal”. No obstante, es Mariola quien se atreve a ir un paso más allá y afirma que “la gente mayor está perdida, tienen su mentalidad y no la podemos cambiar. Es la gente menor 20 años quienes de verdad pueden hacer algo y luchar por cambiar su futuro, su vida. Por ellos mismos”. Almudena la apoya: “Corresponde a nuestra generación cambiar las cosas porque nuestros mayores ya lucharon en su momento”. A lo que Mariola añade: “No somos ni de derechas ni de izquierdas, solo queremos valores humanos. Si todo el mundo hace el bien y simplemente se comporta normal, todos viviríamos bien. Se trata de justicia y de humanidad”.

Andreu, quien no había apenas intervenido en toda la conversación se incorpora para porque para él el sentido de todo esto ya no está en un cambio de mentalidad de la sociedad valenciana, que también, sino en un cambio de mentalidad del mundo porque “el sistema en el que vivimos no es viable. Hasta que no estemos en una situación mucho más grave no habrá un cambio real. La democracia no es compatible con el capitalismo, prueba de ello es que los políticos honrados nunca llegan al poder. Así que mientras que exista este sistema no podremos tener una democracia real”. Aunque sus compañeros discrepan la conversación termina como ha empezado, con buen pie. Todos se marchan a estudiar para sus exámenes pero no sin antes confirmarme que cuatro estudiantes más quieren también dar su testimonio. Así que quedo con Mariola para que nos citemos en la misma cafetería a la misma hora.
Penélope Franco, estudiante de 1º de Bachillerato Artístico, es la primera que llega. Kerri Ann y Anaïs Masmacià, acuden unos minutos más tarde tras realizar unos exámenes. Javier Soriano, el único chico, es el que llega más tarde para comenzar rompiendo tópicos.

Al igual que sus compañeros, deciden entrar en materia lo antes posible aunque esta vez varios cafés nos acompañan. “Desde pequeños casi todos hemos ido a manifestaciones y estamos hartos porque nunca se consigue nada. Y es por eso que decidimos cortar el tráfico aunque no fuera legal”, explica Anaïs, estudiante de 2º de Bachillerato de Sociales. Penélope se suma a la explicación puntualizando que los estudiantes del Lluís Vives no fueron los únicos que salieron ese día a la calle, fueron muchos más, lo que pasa es que “como nosotros estamos entre el ayuntamiento y una calle tan importante hemos tenido más repercusión. Pero en realidad fue una decisión tomada en asamblea”. Kerri, la más joven con 15 años, ve todo lo ocurrido como una auténtica “locura” y Anaïs lo tilda de surrealista. “Es un poco extraño, como mínimo, que nosotros cortemos la calle y nos peguen por ello mientras que haya gente que robe millones de euros y esté libre”, sintetiza Penélope.

Posiblemente las retenciones y las cargas contra los estudiantes que tuvieron lugar el pasado 17 de febrero ante la comisaria de Zapadores de València haya sido uno de los episodios más traumáticos que nunca hayan vivido. Tras cortar el tráfico en el centro de valencia aquel viernes, varios cientos de manifestantes se dirigieron a la comisaría para pedir la liberación de los jóvenes detenidos en las jornadas anteriores. “Entre ellos había un amigo mío que lo habían detenido cuando se marchaba a casa tras la manifestaciones mientras hablaba por el móvil. No había hecho nada, simplemente pasó por el lado de unos antidisturbios y se lo llevaron sin más”, relata Javier, amante del cine y estudiante de 2º de Bachillerato de Humanidades.

A la comisaría llegaron a penas unos cientos así que la policía optó por cerrarles el paso en ambas direcciones y acorralarles. “Mientras nos dirigíamos hacia la comisaria un grupo de antidisturbios nos escoltaba y nos decía que no nos iban a pegar que solo nos iban acompañar. Pero después ya sabemos que ocurrió. Acorralaron a 80 personas y en grupos de diez policías venían, entraban en el cerco y cargaban para sacarnos uno a uno, incluso le rompieron la cabeza a una niña a un metro mío”, recuerda Javier. Penélope se suma al relato describiendo el miedo atroz que sufrieron aquel día: “Llame a mi madre para decirle que no podía ir a comer porque me tenían retenida y no me daban ninguna explicación, no sabía que ocurría y dónde podía acabar todo aquello”.

Kerri también quiere participar y pregunta: “Cuando estás en una situación de terror e indefensión como aquella ¿a quién llamas?, ¿a la policía? ¡Ah no! ¡Que son ellos!”, a lo que añade: “Me sentí como una terrorista de verdad y no soy un peligro público ¡que tengo 15 años!”. Todo ello lo cuenta con una voz frágil y delicada y para quien estuvo presente en los incidentes de aquel viernes resulta chocante. Kerri, con una figura delgada y un rostro aún de niña, le plantó cara a toda una unidad de antidisturbios exigiéndoles que le enseñaran sus números de placa si querían que ella les mostrara su DNI. Los policías la amenazaron con detenerla pero ella no se achantó, más bien todo lo contrario, se reafirmó y no cedió ni un milímetro. Tal fue la tensión del momento que acabó por sufrir un ataque de ansiedad del que se pudo recuperar gracias a su hermana allí presente.

Una cosa semejante ocurre con Anaïs. Siempre que ha salido a la calle durante la llamada Primavera Valenciana ha estado en primera fila con una actitud valiente y desafiante. Por el contrario, durante la entrevista se muestra precavida y un poco tímida con los de su alrededor. A su vez, Penélope podría representar la otra cara de la moneda. A primera vista parece una chica reservada y poco dada a los protagonismos pero en las distancias cortas desvela una actitud fuerte y segura de sí misma. Javier, por su parte, encajaría más en el esquema de Penélope que en el de las dos otras compañeras. Y es que, como ellos mismos explican, todo lo que ha ocurrido les ha cambiado por completo: “Estamos en esta etapa donde somos niños y adultos a la vez, aunque es verdad que es posible que esa pequeña parte de infancia haya desaparecido a golpes”, admite Penélope. “Un día estabas pensando con quién quedabas mañana y al día siguiente estabas pensando ‘y si voy por la calle y me pegan’. Tanta violencia siendo tan pequeño te cambia aunque lo peor es ver como pegan a tu hermana, tus amigos o a tu madre”, susurra Kerri.
La violencia policial es lo que más les ha afectado. “Les gusta la violencia y tiene ganas de usarla. En cualquier momento, pueden venir y te pueden pegar y tú no puedes hacer nada, tienen total impunidad. Por lo que me pregunto por qué nos llaman a nosotros enemigos cuando realmente no nos podemos defender”, dice resignado Javier a lo que suma: “Ahora solo siento desprecio por ellos”. Kerri también está en la misma línea: “Ya no te los tomas como la autoridad sino como los contrarios, los que van armados contra ti. Antes temías a las malas personas, ahora también les temes a ellos”. Y Anaïs añade: “A mí siempre me han dado mal rollo pero ahora les veo como asesinos. Por ejemplo, el lunes cuando pegaron a todo el mundo fueron a buscar a los que ya conocían de otros días. Vi como la gente iba andando y los policías detrás dándoles con la porra hasta tirarles al suelo”.

Penélope admite que “en relación a otros países como Túnez, Egipto, Libia, Siria” no tienen nada que decir pero que realmente “han pasado miedo”. Y no porque les peguen ya que al fin y al cabo “nos vamos a recuperar”, si no por “no saber donde están tus amigos o si les ha pasado algo porque la violencia policial fue tal que realmente no sabía hasta dónde podían llegar. Además de la sensación de terror atroz que teníamos al cruzar la calle por si nos decían ‘Tú te vienes con nosotros’. Aquellos días fueron tan duros que pensabas en lo peor, incluso en posible toque de queda”. No obstante, para Penélope así como para sus compañeros lo peor de todo lo que ha pasado es que les hayan tratado como delincuentes, que les hayan denunciado por defender sus derechos y que les hayan marcado de por vida.
Sin embargo, al igual que Mariola, Alberto, Andreu y Almudena. Kerri, Javier, Penélope y Anaïs prefieren quedarse con lo bueno. “Si podemos sacar algo positivo de todo esto es el compañerismo que ha surgido entre todos los estudiantes. Todos somos compañeros y saldremos a defendernos unos a otros, nos conozcamos o no, porque sabes que si fuera al revés ellos también lo harían”, anuncia Penélope. Javier la apoya y cuenta que ha habido un cambio entre antes y ahora: “A la mínima que hagan algo tendrán a miles de personas en la calle porque nos han empujado, queramos o no, a comprometernos con la causa”.

En esa “causa” entra la lucha contra la corrupción, el despilfarro y la mala gestión y la defensa de los servicios públicos. En definitiva, una defensa del Estado de Bienestar que ellos mismos, a pesar de su corta edad, consideran suyo como el que más. “Recortar en educación y sanidad es como matar nuestro futuro, son básicos, es que no deberían ni tocarlos. Que recorten en otras cosas como la Fórmula 1 o las construcciones faraónicas porque al final llegas a creer que es o Calatrava o nosotros”, concluye Penélope. Kerri, por su parte, prefiere quedarse con que “lo que ha ocurrido es el principio de algo que solo acaba de empezar. Por el momento, ya hemos conseguido que el despertar de Valencia lleve el nombre del Lluís Vives”.

Antes de despedirme de los ocho estudiantes, les pregunto si se ven en futuro en Valencia y la gran mayoría me dicen que no. Describen a la ciudad que les ha visto nacer como un lugar sin oportunidades, víctima de la mala gestión y de la corrupción extrema. Una ciudad con una sociedad que prefiere no abrir los ojos por miedo al despertar. Admiten, no sin pesar, que tendrán que dejar su tierra en busca de un lugar que les dé oportunidades aunque confiesan que si surge un movimiento que quiera cambiar la sociedad volverán sin pensárselo.
Fuente: Un reortaje de Pabo Garrigós periodismo humano.

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