23-F: Desmontando mentiras, contra el golpe de estado financiero.

NeoliberalismoEl 23 de febrero de 1981 unos siniestros personajes protagonizaron, pistola en mano, un ataque a la naciente democracia asaltando el Congreso de los Diputados.

Treinta años más tarde, el pasado septiembre y en el mismo escenario, los “representantes del pueblo” que hace años se escondieron bajo los escaños, ahora nos traicionaban aprobando una reforma de la Constitución española que nadie había solicitado, sin aceptar el más mínimo debate social y sin aprobación en referéndum. ¿El objetivo? Incluir en esa ley suprema el pago de la deuda y sus intereses como primer compromiso del estado por delante de cualquier otra necesidad social.

Es el episodio que de manera más evidente escenifica el golpe de estado que estamos viviendo. Esta vez no lo protagonizan esperpénticos generales y guardias civiles, sino altos ejecutivos impolutamente trajeados y adulados por los políticos de turno.

Estamos viviendo un golpe de estado financiero. Vivimos un golpe de estado cuando nuestros representantes dirigen discursos a los supuestamente invisibles mercados solicitándoles compasión a cambio de degradar las condiciones de vida de la población a la que deberían servir. El “pueblo soberano” está siendo sacrificado en el altar del neoliberalismo.

Asistimos a un golpe de estado cuando el gobierno acata las directrices de instituciones no elegidas democráticamente, como la Comisión Europea, el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional, que atienden solo a los intereses de grandes fortunas y corporaciones, y fuerzan su implantación en el país sin debate previo ni consulta popular.

Podemos identificar a los autores del golpe cuando, en nombre de una falsa austeridad, suben los impuestos a los trabajadores mientras permiten el fraude fiscal y los mecanismos que lo amparan; cuando se bajan los salarios, se suprimen los convenios, se retrasa la edad de jubilación y se degradan las condiciones de trabajo; cuando se destruyen la educación y sanidad pública que hemos construido durante generaciones; cuando al fin todo el dinero obtenido se usa para avalar y rescatar a una banca que ha destruido la economía real subida a lomos de burbujas especulativas. ¿Quién es el único beneficiado de todas estas medidas?

No es un golpe a punta de pistola. Pero todas las personas hemos percibido el frío contacto de las primas de riesgo durante el reciente proceso electoral, bajo la amenaza de “es esto o el caos”, con la inmolación ejemplarizante de Grecia como aviso a navegantes. Y cuando las amenazas no son suficientes, no dudan en actuar abiertamente: Si hay que hacer dimitir a un presidente de gobierno electo y sustituirlo por un “tecnócrata” al que nadie ha votado, pues se hace (Grecia e Italia).
¡Basta de mentiras! Esto no es austeridad, no están trabajando para que salgamos todos de esta, no nos estamos sacrificando para estar mejor mañana, no son tecnócratas, son ejecutivos al servicio del mismo poder financiero que nos ha llevado a esta situación. Esto no es más que una despiadada transferencia de riqueza del 99% que estamos abajo al 1% que nos pisa, una renuncia a derechos adquiridos durante décadas, una destrucción de las más elementales formas democráticas.

23/02/2012 - Teinteresa, MADRID.

Al capitalismo no le sienta bien la democracia.

El filósofo alemán Jürgen Habermas ha escrito en su último libro y repite en varias declaraciones públicas que en Europa se está desmantelando la democracia (Ver Georg Diez, A Philosopher’s Mission to Save the EU). Un juicio muy fuerte del que se hacía eco compartiéndolo alguien nada sospechoso de radicalismo y que conoce bien el continente como el ex canciller alemán Helmut Schmidt (L’Allemagne dans et avec l’Europe, L’Economie politique n° 053 – janvier 2012).

No creo que se trate de palabras vacías sino de un proceso real, ya innegable aunque desearía que no llegue a ser imparable a corto y medio plazo.

Bastó con que el ex presidente Papandreu amagara con la convocatoria de un referéndum para que se le hiciese dimitir, o que Berlusconi sacara la cabeza frente a Bruselas para que igualmente saliera por la puerta chica de donde le habían puesto, para mayor o menor fortuna, los electores italianos.

Han sido dos auténticos golpes de estado de los que nadie quiere hablar y que se ha conseguido hacer pasar como si nada en los medios de comunicación y en los debates políticos. Y el reciente acuerdo con Grecia (si es que se le puede llamar así) es el punto final al régimen democrático en aquel país, toda vez que autoridades extranjeras se han hecho ya definitivamente con el poder de facto para decidir lo que les conviene a ellas y a los poderes financieros y económicos a los que representan, sean cuales sean la opinión o las preferencias de los ciudadanos griegos. ¿Quién puede decir hay democracia en aquel país?

No es la primera vez que hemos podido comprobar que la democracia, por limitada que sea, es un escollo a veces insalvable para poner en marcha las medidas que aseguren beneficios al capital. Las políticas neoliberales que ahora sufrimos en todo su esplendor fueron puestas por primera vez gracias a golpes de estado militares que sirvieron de experiencias para ir validando el tempo de las medidas de represión social y económica que iban a ser necesarias para consolidar el nuevo régimen de competencia y beneficio en las economías capitalistas. Y eso se hizo para frenar el poder creciente que el pleno empleo y el Estado de Bienestar habían dado a los trabajadores del mundo occidental.

Desde entonces vivimos en un proceso de continuado debilitamiento de la democracia formal que cada vez más se convierte en un remedo del sistema político que garantiza que las decisiones sobre las cosas sociales y los intereses generales se tomen en función de lo que piensa y determina la mayoría de la población consultada a través de las urnas.

A ello han contribuido varias circunstancias pero creo que algunas de ellas son especialmente importantes y han tenido una particular incidencia en la crisis que estamos viviendo.

La primera es la consolidación de un poder monetario privado, al margen efectivo del debate político, que condiciona y encuadra al resto de las políticas económicas. La independencia de los bancos centrales y el fortalecimiento de la capacidad de maniobra de los fondos y entidades financieras han sido los factores que principalmente han contribuido a este fenómeno contemporáneo que hace que, en la práctica, los gobiernos tengan completamente atadas las manos frente a los mercados y los grandes propietarios de capital.

La segunda es el incremento voluntariamente planificado del desempleo y el empleo precario. De esa forma, como ya advirtiera Michal Kalecki hace ochenta años, los grandes empresarios obtienen menos beneficios (puesto que les sería económicamente más rentable el pleno empleo) pero gracias a la sumisión y a la debilidad que esas condiciones laborales generan en las masas trabajadoras, pueden disponer de más poder político que a la postre es lo que les asegura su posición de dominio social. Y a ello ha contribuido en los últimos años de modo decisivo el incremento del negocio de la deuda que los bancos han impulsado imponiendo modelos de crecimiento basados en el suministro de bienes de inversión y duraderos que generan demanda de crédito (como la vivienda o los automóviles). El crecimiento extraordinario del endeudamiento familiar no solo es una selecta fuente de ganancias para la banca sino una auténtica esclavitud contemporánea: los individuos viven para consumir y para pagar los créditos que les permiten salir adelante.

 

La tercera es la mixtura también creciente entre el poder económico y financiero y el mediático que el impulso de las concentraciones de capital está llevando hasta extremos realmente insospechados: uno o dos grupos empresariales, o uno, o incluso simplemente alguna persona aislada, controlan la totalidad de la oferta de medios (sobre todo audiovisuales) en muchos países, uniformando la opinión pública e imponiendo, se quiera o no, el pensamiento único que domina las decisiones económicas.

 

Otra circunstancia que me parece decisiva como fuente de degeneración democrática en el ámbito económico es que los partidos y las autoridades públicas están llegando a ser materialmente irresponsables. Hoy día es prácticamente imposible pedirle cuentas, sobre todo, de los incumplimientos constantes de la oferta electoral de naturaleza económica con que se presentan a las elecciones. Y es tanto el poder que ejercen sobre los medios de adoctrinamiento y tan estrechas las vías que se abren para el debate social que no es posible que los electores tomen nota de ello, lo que les impide acudir a las elecciones con la información que les permitiera algo más que optar entre opciones políticas que terminan por hacer lo mismo en materia económica.

Tan molesta está llegando a ser la democracia para los grandes poderes económicos y financieros y tanto incordio les supone la intermediación de las instituciones públicas que parece que han decidido tomar ellos mismos las riendas de los poderes públicos. Y en esta crisis se está produciendo con mucha mayor fuerza que nunca antes, la fusión entre unos y otros, por la vía incluso de la participación directa en los gobiernos que igual termina, como ya ha pasado en algún país, con la entronización en la vida pública de empresarios populistas que permitan a la clase empresarial más poderosa deshacerse de los políticos profesionales que, a veces, incluso le salen demasiado caros.

Es gracias a todo ello que las medidas que se están aplicando frente a la crisis no sean realmente las que podrían permitir mejorar la situación económica y que apenas pase nada. Es es una evidencia clamorosa: las economías europeas no están mejor que cuando se empezaron a aplicar las políticas que dicen que solucionan la crisis sino mucho peor. Crecen menos y tienen más deuda. Y es así porque estas políticas no se destinan a mejorar las condiciones económicas en general sino a aumentar el beneficio y el poder de decisión de los grandes propietarios de capital y de los financieros. Por eso el debate social plural y transparente, la igualdad de medios y condiciones para exponer opiniones, la democracia, se está convirtiendo en una incómoda piedra en el zapato del capitalismo neoliberal de nuestra época porque es lo único que podría poner en claro lo que está pasando. Y por eso se la quieren quitar de encima cuanto antes.

 

Publicado por en 2/28/2012 12:22:00 AM